Ajena voluntad marcó tu vida:
senda angosta de espinas erizada,
férrea cadena que llevaste atada
y dejaba tu carne dolorida.
Dolor de bofetada recibida
en pago a tanta vida malgastada
sobre una tierra ajena y desolada
con tu humilde sudor humedecida.
La vieja vocación por la aventura
-ilusión de conquistas por tus venas-
tu raíz arrancó de Extremadura.
Y a solas con tu sombra y con tus penas,
tu alegría encontró su sepultura
y tu leve ilusión, nuevas cadenas...
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miércoles, 12 de octubre de 2011
viernes, 18 de febrero de 2011
A UN EMIGRANTE EXTREMEÑO DESARRAIGADO
Estás como cumpliendo una sentencia
por delitos que nunca has cometido,
condenado a un destierro dolorido
que ha vestido de luto tu existencia.
El tiempo te borró de la conciencia
las huellas de un pasado ya perdido;
te apagó tus recuerdos el olvido
y te heló el corazón la fría ausencia.
Yo no sé qué violenta ventolera
te arrastró de tu tierra brutalemente
como a ingrávida hojilla volandera.
Sólo sé que te pudres lentamente,
sin raíces, sin patria y sin bandera
porque estás transplantado en otro ambiente.
por delitos que nunca has cometido,
condenado a un destierro dolorido
que ha vestido de luto tu existencia.
El tiempo te borró de la conciencia
las huellas de un pasado ya perdido;
te apagó tus recuerdos el olvido
y te heló el corazón la fría ausencia.
Yo no sé qué violenta ventolera
te arrastró de tu tierra brutalemente
como a ingrávida hojilla volandera.
Sólo sé que te pudres lentamente,
sin raíces, sin patria y sin bandera
porque estás transplantado en otro ambiente.
sábado, 22 de enero de 2011
MIS SEÑAS DE IDENTIDAD
Yo soy del sur, extremeño;
procedo de los de abajo
y, aunque soy padre de versos,
soy un hijo del trabajo.
Mi tierra es extrema y dura
para el que viste de andrajos
y extremadamente blanda
para buitres, zorros, grajos…
Nací en la tierra de encinas,
entre el Almonte y el Tajo;
de allí, vientos de la vida
me han arrancado de cuajo.
Resido en tierras del norte
donde tengo el pan y el tajo;
soy sembrador de cultura
y siembro ideas a destajo.
En mis llanuras del alma,
apaciento un gran hatajo
de recuerdos y añoranzas
en mis ratos de relajo.
Me gusta regar raíces
de aquel que se fue al carajo
de la emigración un día
por culpa de cuatro grajos.
Toda clase de malezas
de mi conciencia descuajo:
zarzas, cenizos, ortigas,
avenas locas, hierbajos…
Con voluntad de pan tierno,
Mi vida me desmigajo
en versos para mi gente
tal poético agasajo.
Yo nada debo, me deben
horas extras que, a destajo,
apliqué a sembrar mis versos
que ofrezco a precio muy bajo.
Por humildad, me veréis
caminado cabizbajo:
no quiero humillar a nadie
ni ante nadie me rebajo.
Sin dobleces, sin rincones
ahumados, sin altibajos,
con alma limpia y planchada,
voy y vengo; subo y bajo,
Me aparto de los partidos;
mi corazón no es colgajo
para partir…; por entero,
se lo entrego a los de abajo.
Comprenderéis que no tenga
voluntad de escarabajo
para pagar en pelotas
lo que pago con trabajo.
No me busquéis en las fiestas:
odio el ruido y los brebajos
con que se alegran su sangre
tantos tristes espantajos.
Con pluma o con libro en ristre,
me encontraréis en mi tajo,
poniendo el pensar a punto
y el corazón boca abajo
o, tal vez, por un camino
angosto de algún atajo,
buscando lo que no encuentro
y, por eso, me encorajo.
Yo llevo un collar de penas,
colgando tal un badajo,
con la alegría hecha añicos
y la esperanza, un pingajo.
Mi corazón, vuestra casa,
de par en par, desencajo
por sus puertas y ventanas
por si precisáis sombrajo.
No obstante, algunos de envidia
me escupen escupitajos
de indiferencia o desprecio:
¡es su labor…, yo la encajo!
procedo de los de abajo
y, aunque soy padre de versos,
soy un hijo del trabajo.
Mi tierra es extrema y dura
para el que viste de andrajos
y extremadamente blanda
para buitres, zorros, grajos…
Nací en la tierra de encinas,
entre el Almonte y el Tajo;
de allí, vientos de la vida
me han arrancado de cuajo.
Resido en tierras del norte
donde tengo el pan y el tajo;
soy sembrador de cultura
y siembro ideas a destajo.
En mis llanuras del alma,
apaciento un gran hatajo
de recuerdos y añoranzas
en mis ratos de relajo.
Me gusta regar raíces
de aquel que se fue al carajo
de la emigración un día
por culpa de cuatro grajos.
Toda clase de malezas
de mi conciencia descuajo:
zarzas, cenizos, ortigas,
avenas locas, hierbajos…
Con voluntad de pan tierno,
Mi vida me desmigajo
en versos para mi gente
tal poético agasajo.
Yo nada debo, me deben
horas extras que, a destajo,
apliqué a sembrar mis versos
que ofrezco a precio muy bajo.
Por humildad, me veréis
caminado cabizbajo:
no quiero humillar a nadie
ni ante nadie me rebajo.
Sin dobleces, sin rincones
ahumados, sin altibajos,
con alma limpia y planchada,
voy y vengo; subo y bajo,
Me aparto de los partidos;
mi corazón no es colgajo
para partir…; por entero,
se lo entrego a los de abajo.
Comprenderéis que no tenga
voluntad de escarabajo
para pagar en pelotas
lo que pago con trabajo.
No me busquéis en las fiestas:
odio el ruido y los brebajos
con que se alegran su sangre
tantos tristes espantajos.
Con pluma o con libro en ristre,
me encontraréis en mi tajo,
poniendo el pensar a punto
y el corazón boca abajo
o, tal vez, por un camino
angosto de algún atajo,
buscando lo que no encuentro
y, por eso, me encorajo.
Yo llevo un collar de penas,
colgando tal un badajo,
con la alegría hecha añicos
y la esperanza, un pingajo.
Mi corazón, vuestra casa,
de par en par, desencajo
por sus puertas y ventanas
por si precisáis sombrajo.
No obstante, algunos de envidia
me escupen escupitajos
de indiferencia o desprecio:
¡es su labor…, yo la encajo!
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nostalgia.,
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viernes, 21 de enero de 2011
PARAÍSO PERDIDO
Vine al mundo una noche
cuando reinaba escorpio
tal fruto ya maduro
de un árbol en otoño.
De labradores padres
fui el único retoño;
su ubérrima ternura
la tuve en monopolio.
Fui humano recipiente
donde vertieron todo
su amor, sus inquietudes,
su nobleza y decoro.
De paz era un remanso
aquel hogar tan probo
donde el amor corría
tal fontanar, a chorros.
Llanuras de encinares,
de jaras, de rastrojos…,
de mi feliz infancia
fueron telón de fondo.
Fui amigo de animales:
corderos, perros, potros…;
su trato fue más grato
que el dado por vosotros.
En este ambiente edénico
de tonos tan bucólicos,
mis años infantiles
pasaron como un soplo;
paraíso perdido
que, a veces, yo recorro
de manos del recuerdo
con aire melancólico;
bagaje de memorias
que llevo en los más hondo
del alma y la iluminan
tal luminoso foco.
En libros y en labranzas,
gasté mis años mozos
y mi pan cotidiano
lo pagó el sudor propio.
Por los libros, fui libre;
por mis padres fui sobrio:
¡es tan corto el camino
y hace falta tan poco!
Me alejé de los lujos
del consumo ostentoso;
me amoldé a ser humilde
por respeto a mi prójimo.
A las fiestas y fastos
renuncié ya muy pronto
por austero y sencillo
y por ser fonofóbico.
Preferí yo el estudio
al estadio, a los toros…,
el “panem et circense”
lo encontré muy tedioso.
Dediqué a labor lírica
horas de oro del ocio;
soledad y silencio
fueron siempre mis socios.
Sembré miles de versos
con el noble propósito
de ofrecerle a mi gente
un libresco manojo,
una lírica herencia
que sirviera de fondo
cultural a mi pueblo
al servicio de todos.
Mas mi esfuerzo fue estéril
y cayó en saco roto:
para el listo de turno
yo era un ser peligroso
porque no acepté normas
rebañegas de otros
y seguí otros senderos
espinosos y angostos.
Por versado en los versos,
por encima del hombro,
me miraron los necios
con rencor envidioso;
despreciaron mis versos
por sus necios antojos,
-¡nunca aprecian los necios
la labor de su prójimo!-
Pero sigo y prosigo
tan tenaz por estoico
con la frente muy alta,
sin careta en mi rostro.
Vuestros juicios injustos
me paso por los… forros
y es el tiempo a la larga
quien será juez de todos.
Yo, ante el pueblo sencillo,
de rodillas, me postro
y le ofrezco mis versos
en fraterno ofertorio
porque pueblo yo soy,
mi raíz no traiciono
y hacia él me dirijo
con sus penas al hombro
y, en mi patrio terruño,
esta tarde de agosto,
os entrego estos versos
por si os son provechosos…
cuando reinaba escorpio
tal fruto ya maduro
de un árbol en otoño.
De labradores padres
fui el único retoño;
su ubérrima ternura
la tuve en monopolio.
Fui humano recipiente
donde vertieron todo
su amor, sus inquietudes,
su nobleza y decoro.
De paz era un remanso
aquel hogar tan probo
donde el amor corría
tal fontanar, a chorros.
Llanuras de encinares,
de jaras, de rastrojos…,
de mi feliz infancia
fueron telón de fondo.
Fui amigo de animales:
corderos, perros, potros…;
su trato fue más grato
que el dado por vosotros.
En este ambiente edénico
de tonos tan bucólicos,
mis años infantiles
pasaron como un soplo;
paraíso perdido
que, a veces, yo recorro
de manos del recuerdo
con aire melancólico;
bagaje de memorias
que llevo en los más hondo
del alma y la iluminan
tal luminoso foco.
En libros y en labranzas,
gasté mis años mozos
y mi pan cotidiano
lo pagó el sudor propio.
Por los libros, fui libre;
por mis padres fui sobrio:
¡es tan corto el camino
y hace falta tan poco!
Me alejé de los lujos
del consumo ostentoso;
me amoldé a ser humilde
por respeto a mi prójimo.
A las fiestas y fastos
renuncié ya muy pronto
por austero y sencillo
y por ser fonofóbico.
Preferí yo el estudio
al estadio, a los toros…,
el “panem et circense”
lo encontré muy tedioso.
Dediqué a labor lírica
horas de oro del ocio;
soledad y silencio
fueron siempre mis socios.
Sembré miles de versos
con el noble propósito
de ofrecerle a mi gente
un libresco manojo,
una lírica herencia
que sirviera de fondo
cultural a mi pueblo
al servicio de todos.
Mas mi esfuerzo fue estéril
y cayó en saco roto:
para el listo de turno
yo era un ser peligroso
porque no acepté normas
rebañegas de otros
y seguí otros senderos
espinosos y angostos.
Por versado en los versos,
por encima del hombro,
me miraron los necios
con rencor envidioso;
despreciaron mis versos
por sus necios antojos,
-¡nunca aprecian los necios
la labor de su prójimo!-
Pero sigo y prosigo
tan tenaz por estoico
con la frente muy alta,
sin careta en mi rostro.
Vuestros juicios injustos
me paso por los… forros
y es el tiempo a la larga
quien será juez de todos.
Yo, ante el pueblo sencillo,
de rodillas, me postro
y le ofrezco mis versos
en fraterno ofertorio
porque pueblo yo soy,
mi raíz no traiciono
y hacia él me dirijo
con sus penas al hombro
y, en mi patrio terruño,
esta tarde de agosto,
os entrego estos versos
por si os son provechosos…
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Versos
martes, 14 de diciembre de 2010
A UN EMIGRANTE DESARRAIGADO
Estás como cumpliendo una sentencia
por delitos que nunca has cometido,
condenado a un destierro dolorido
que ha vestido de luto tu existencia.
El tiempo te borró de la conciencia
las huellas de un pasado ya perdido;
te apagó tus recuerdos el olvido
y te heló el corazón la fría ausencia.
Yo no sé qué violenta ventolera
te arrastró de tu tierra brutalmente
como a hojilla reseca y volandera.
Sólo sé que te pudres lentamente,
sin raíces, sin patria, sin bandera...
porque estás trasplantado en otro ambiente.
por delitos que nunca has cometido,
condenado a un destierro dolorido
que ha vestido de luto tu existencia.
El tiempo te borró de la conciencia
las huellas de un pasado ya perdido;
te apagó tus recuerdos el olvido
y te heló el corazón la fría ausencia.
Yo no sé qué violenta ventolera
te arrastró de tu tierra brutalmente
como a hojilla reseca y volandera.
Sólo sé que te pudres lentamente,
sin raíces, sin patria, sin bandera...
porque estás trasplantado en otro ambiente.
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viernes, 5 de noviembre de 2010
CONFIDENCIAS AUTOBIOGRÁFICAS
Una mañana de otoño,
vine a este mundo en un pueblo
de la Alta Extremadura
que se llama Jaraicejo;
aunque me arrancó la vida
de esta tierra, yo me siento
de los pies a la cabeza
extremeño al cien por ciento.
Por nacer un triste otoño,
del alma se me cayeron,
como pálidas hojillas,
las ilusiones, los sueños…
Soy la encina cenicienta
que arrastró un extraño viento,
pero sus hondas raíces
siguen fieles a su suelo.
Por esas tierras de Dios,
tuve suerte… ¡no me quejo!,
pero perdí la alegría
y la echo mucho de menos;
por eso, no os extrañéis
que vaya siempre tan serio
por los caminos del mundo
de la mano del silencio
y así encontré esta tristeza
en un esquina del tiempo
y me sigue a todas partes
como un importuno perro,
siempre pegada a mi alma
a la espera de algún hueso.
Por mi apariencia exterior,
nunca pregunto al espejo
porque mi clara conciencia
me da muy buenos consejos.
Nunca miro las fachadas
de las personas, prefiero
mirar su mundo interior
por ver lo que llevan dentro;
no me inquieta su apellido
ni me importa su dinero,
sólo una limpia conciencia
y un corazón verdadero.
No me guío por la gente
para elegir mi sendero:
ve más un águila sola
que todo un rebaño entero;
no quiero caminos anchos
de rebaños soñolientos,
prefiero la angosta senda
que me marca el pensamiento.
Me gusta escribir y escribo
para verter lo que siento:
mi sangre sirve de tinta,
mi corazón, de tintero.
Agricultor de la pluma,
sembrador de sentimientos,
la vida me da semillas
que voy sembrando en mis versos
Por las cosas materiales,
siempre sentí un gran desprecio
porque convierten al hombre
en esclavo satisfecho
que sólo busca en la vida
sanchopancescos provechos
para cubrir un vacío
que rellena con objetos.
Le pido poco a la vida:
salud, trabajo y, al menos,
un mendrugo de esperanza
para el corazón hambriento
de paz, de amor, de justicia,
de esos nobles sentimientos
con los que llena su vida
un corazón quijotesco;
me pido tanto a mí mismo
que estoy siempre insatisfecho
y vivo en continua guerra
con mis propios pensamientos…
Pago a buen precio la deuda
de haber nacido extremeño
con las húmedas monedas
de un llanto que va por dentro
y me duele la distancia
y el disfrazado destierro
que me hipoteca la vida,
pagando en pena el impuesto.
Con la verdad por bandera,
mi corazón pregonero
clama a las sordas conciencias
por despertarlas del sueño,
de ese sueño secular
que adormece los cerebros.
Con vocación quijotesca,
yo grito a los cuatro vientos
y os convoco a la defensa
de un sentimiento extremeño…
vine a este mundo en un pueblo
de la Alta Extremadura
que se llama Jaraicejo;
aunque me arrancó la vida
de esta tierra, yo me siento
de los pies a la cabeza
extremeño al cien por ciento.
Por nacer un triste otoño,
del alma se me cayeron,
como pálidas hojillas,
las ilusiones, los sueños…
Soy la encina cenicienta
que arrastró un extraño viento,
pero sus hondas raíces
siguen fieles a su suelo.
Por esas tierras de Dios,
tuve suerte… ¡no me quejo!,
pero perdí la alegría
y la echo mucho de menos;
por eso, no os extrañéis
que vaya siempre tan serio
por los caminos del mundo
de la mano del silencio
y así encontré esta tristeza
en un esquina del tiempo
y me sigue a todas partes
como un importuno perro,
siempre pegada a mi alma
a la espera de algún hueso.
Por mi apariencia exterior,
nunca pregunto al espejo
porque mi clara conciencia
me da muy buenos consejos.
Nunca miro las fachadas
de las personas, prefiero
mirar su mundo interior
por ver lo que llevan dentro;
no me inquieta su apellido
ni me importa su dinero,
sólo una limpia conciencia
y un corazón verdadero.
No me guío por la gente
para elegir mi sendero:
ve más un águila sola
que todo un rebaño entero;
no quiero caminos anchos
de rebaños soñolientos,
prefiero la angosta senda
que me marca el pensamiento.
Me gusta escribir y escribo
para verter lo que siento:
mi sangre sirve de tinta,
mi corazón, de tintero.
Agricultor de la pluma,
sembrador de sentimientos,
la vida me da semillas
que voy sembrando en mis versos
Por las cosas materiales,
siempre sentí un gran desprecio
porque convierten al hombre
en esclavo satisfecho
que sólo busca en la vida
sanchopancescos provechos
para cubrir un vacío
que rellena con objetos.
Le pido poco a la vida:
salud, trabajo y, al menos,
un mendrugo de esperanza
para el corazón hambriento
de paz, de amor, de justicia,
de esos nobles sentimientos
con los que llena su vida
un corazón quijotesco;
me pido tanto a mí mismo
que estoy siempre insatisfecho
y vivo en continua guerra
con mis propios pensamientos…
Pago a buen precio la deuda
de haber nacido extremeño
con las húmedas monedas
de un llanto que va por dentro
y me duele la distancia
y el disfrazado destierro
que me hipoteca la vida,
pagando en pena el impuesto.
Con la verdad por bandera,
mi corazón pregonero
clama a las sordas conciencias
por despertarlas del sueño,
de ese sueño secular
que adormece los cerebros.
Con vocación quijotesca,
yo grito a los cuatro vientos
y os convoco a la defensa
de un sentimiento extremeño…
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raíces
viernes, 17 de septiembre de 2010
DEFENSA DE MIS RAÍCES EXTREMEÑAS
A la memoria indeleble y vitalicia
de mis queridos padres,
Isidro Mohedas y Elisa Ramos.
De un san Isidro labrador procedo
y una Elisa, de oficio, sus labores;
yo crecí entre herramientas y sudores
y el amor al trabajo fue mi credo.
Una escuela de amor, de economía,
de trabajo bien hecho fue mi casa
y, a pesar de la hacienda un poco escasa,
chorreaban la paz y la alegría.
Una infancia feliz y afortunada,
circundada de amor por todos lados;
unos padres deshechos en cuidados
por el hijo, su espiga más preciada.
El contacto punzante y prematuro
con los cardos, retamas y rastrojos
maduró la minada de mis ojos
y alumbró mi conciencia de futuro.
Por conciencia social, se me levanta
este canto preñado de mensaje
donde vierto mis penas, el bagaje,
que me envía el corazón a la garganta.
El recuerdo paterno me restalla
con redobles de yunque en la conciencia
que me ponen en ristre la existencia
convirtiéndola en campo de batalla.
No traiciono mi origen campesino
y he vivido según Naturaleza,
cultivando mi vida con nobleza
en la tierra o el libro con buen tino.
Yo defiendo con rabia mis raíces
en mi canto encendido al rojo vivo;
nunca niego mi cuna y siempre escribo
para el pueblo mis versos más felices.
A esos hombres que viven del trabajo
va mi canto más puro y más sincero;
herramienta es mi pluma; yo, un obrero
que trabaja en sus versos a destajo.
Por vosotros, los nobles, los honestos
compañeros de penas y fatigas,
el punzante picor de las ortigas
se me ensaña en el alma y en los gestos.
Por vosotros, la vida se me agrisa
y me invaden la mente unas mareas
de tristeza que inundan mis ideas
y me ahogan la paz y la sonrisa.
Con vosotros, me siento como hermano
por mi cuna, mi sangre y mi idealismo;
-¡no se cambian raíces!- soy el mismo
que trillaba las mieses en verano.
Aquel niño tan serio y tan inquieto
que jugaba a ser hombre en las faenas
de la dura cosecha y, entre penas,
aprendió vuestra vida con respeto.
Tal la paja del grano sazonado,
me apartaron los vientos del destino
y mi cuerpo siguió por un camino,
pero el alma ha seguido a vuestro lado.
No me acerca a vosotros la mentira
de la falsa belleza ni la fama
y me mueve el amor ante ese drama
que, en el mundo moderno, se respira.
Me da pena del hombre: se aburguesa,
se vacía su entraña, se agusana,
se corrompe por dentro tal manzana
donde todos los vicios hacen presa.
Y, desnudo de nobles inquietudes,
esclaviza su vida a los placeres
programados por turbios mercaderes
que nos venden los vicios por virtudes.
Se convierte en inerte marioneta
sin conciencia, sin honra, sin reflejos
y responde tan sólo a los manejos
que el payaso de turno le interpreta.
Con el sida, la droga y los neutrones,
nuestro mundo a podrido nos apesta
con nefasto progreso y nos infesta
el amor y la sangre y los pulmones…
Se me pone de punta el pensamiento
y la angustia, tal garra, me atenaza
ante el triste destino que amenaza
con hundirnos en mar de sufrimiento.
El sentirme feliz sería un delito
en un mundo que rueda a la deriva,
sin un freno, de forma progresiva
hacia el cero final más infinito.
Me da pena del hombre si no alcanza
su estatura moral y esa frontera
que separa al humano de la fiera
cuando sólo por fuera hay semejanza.
Porque el beso y el pan no son bastante
para el hombre de hoy, tan indolente,
y precisa de forma permanente
elevarse del lodo a cada instante.
Versifico a mi modo, a contra moda,
este canto sencillo que supura
mi dolor por el hombre, que es ternura,
para ver si en su mente se acomoda.
Va, por ello, mi verso a ras de suelo,
al alcance del pueblo; yo disfruto
entregando a mi gente todo el fruto
que cosecho en el alma con desvelo.
No me habléis de modelos literarios,
de la vana belleza, de disfraces,
de esos mudos poemas incapaces
de emitirnos mensajes solidarios.
No pidáis que cultive tulipanes
en mi tierra, propicia para el trigo;
si, al mirar en mi entorno, soy testigo
de que faltan más peces y más panes.
Y, por eso, yo busco una salida,
una luz de esperanza redentora
que ilumine esta noche sin aurora
y nos vista de fiesta nuestra vida…
de mis queridos padres,
Isidro Mohedas y Elisa Ramos.
De un san Isidro labrador procedo
y una Elisa, de oficio, sus labores;
yo crecí entre herramientas y sudores
y el amor al trabajo fue mi credo.
Una escuela de amor, de economía,
de trabajo bien hecho fue mi casa
y, a pesar de la hacienda un poco escasa,
chorreaban la paz y la alegría.
Una infancia feliz y afortunada,
circundada de amor por todos lados;
unos padres deshechos en cuidados
por el hijo, su espiga más preciada.
El contacto punzante y prematuro
con los cardos, retamas y rastrojos
maduró la minada de mis ojos
y alumbró mi conciencia de futuro.
Por conciencia social, se me levanta
este canto preñado de mensaje
donde vierto mis penas, el bagaje,
que me envía el corazón a la garganta.
El recuerdo paterno me restalla
con redobles de yunque en la conciencia
que me ponen en ristre la existencia
convirtiéndola en campo de batalla.
No traiciono mi origen campesino
y he vivido según Naturaleza,
cultivando mi vida con nobleza
en la tierra o el libro con buen tino.
Yo defiendo con rabia mis raíces
en mi canto encendido al rojo vivo;
nunca niego mi cuna y siempre escribo
para el pueblo mis versos más felices.
A esos hombres que viven del trabajo
va mi canto más puro y más sincero;
herramienta es mi pluma; yo, un obrero
que trabaja en sus versos a destajo.
Por vosotros, los nobles, los honestos
compañeros de penas y fatigas,
el punzante picor de las ortigas
se me ensaña en el alma y en los gestos.
Por vosotros, la vida se me agrisa
y me invaden la mente unas mareas
de tristeza que inundan mis ideas
y me ahogan la paz y la sonrisa.
Con vosotros, me siento como hermano
por mi cuna, mi sangre y mi idealismo;
-¡no se cambian raíces!- soy el mismo
que trillaba las mieses en verano.
Aquel niño tan serio y tan inquieto
que jugaba a ser hombre en las faenas
de la dura cosecha y, entre penas,
aprendió vuestra vida con respeto.
Tal la paja del grano sazonado,
me apartaron los vientos del destino
y mi cuerpo siguió por un camino,
pero el alma ha seguido a vuestro lado.
No me acerca a vosotros la mentira
de la falsa belleza ni la fama
y me mueve el amor ante ese drama
que, en el mundo moderno, se respira.
Me da pena del hombre: se aburguesa,
se vacía su entraña, se agusana,
se corrompe por dentro tal manzana
donde todos los vicios hacen presa.
Y, desnudo de nobles inquietudes,
esclaviza su vida a los placeres
programados por turbios mercaderes
que nos venden los vicios por virtudes.
Se convierte en inerte marioneta
sin conciencia, sin honra, sin reflejos
y responde tan sólo a los manejos
que el payaso de turno le interpreta.
Con el sida, la droga y los neutrones,
nuestro mundo a podrido nos apesta
con nefasto progreso y nos infesta
el amor y la sangre y los pulmones…
Se me pone de punta el pensamiento
y la angustia, tal garra, me atenaza
ante el triste destino que amenaza
con hundirnos en mar de sufrimiento.
El sentirme feliz sería un delito
en un mundo que rueda a la deriva,
sin un freno, de forma progresiva
hacia el cero final más infinito.
Me da pena del hombre si no alcanza
su estatura moral y esa frontera
que separa al humano de la fiera
cuando sólo por fuera hay semejanza.
Porque el beso y el pan no son bastante
para el hombre de hoy, tan indolente,
y precisa de forma permanente
elevarse del lodo a cada instante.
Versifico a mi modo, a contra moda,
este canto sencillo que supura
mi dolor por el hombre, que es ternura,
para ver si en su mente se acomoda.
Va, por ello, mi verso a ras de suelo,
al alcance del pueblo; yo disfruto
entregando a mi gente todo el fruto
que cosecho en el alma con desvelo.
No me habléis de modelos literarios,
de la vana belleza, de disfraces,
de esos mudos poemas incapaces
de emitirnos mensajes solidarios.
No pidáis que cultive tulipanes
en mi tierra, propicia para el trigo;
si, al mirar en mi entorno, soy testigo
de que faltan más peces y más panes.
Y, por eso, yo busco una salida,
una luz de esperanza redentora
que ilumine esta noche sin aurora
y nos vista de fiesta nuestra vida…
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sábado, 26 de junio de 2010
ME MARQUÉ CON LA HOZ HACIENDO UN HAZ (1)
A la memoria indeleble y vitalicia
de mi padre, Isidro Mohedas Márquez,
un san Isidro labrador extremeño.
Me marqué con la hoz haciendo un haz
en mi tierra, un verano muy atroz
en que fui campesino muy precoz
a la sombra de un padre muy tenaz.
He vivido con todos siempre en paz
y, conmigo, en combate muy feroz
y, aunque a veces me dieron una coz,
el dolor fue mi abono más feraz.
Si yo di alguna voz más de una vez,
fue en defensa febril de mi raíz,
hondamente extremeña a toda luz.
En un mundo más negro que la pez,
no busqué falazmente ser feliz
por no hacer competencia al avestruz.
(1)Este soneto, junto con otros seis, obtuvo
el primer premio en un certamen poético
del barrio de Horta-Guinardó de Barcelona
de mi padre, Isidro Mohedas Márquez,
un san Isidro labrador extremeño.
Me marqué con la hoz haciendo un haz
en mi tierra, un verano muy atroz
en que fui campesino muy precoz
a la sombra de un padre muy tenaz.
He vivido con todos siempre en paz
y, conmigo, en combate muy feroz
y, aunque a veces me dieron una coz,
el dolor fue mi abono más feraz.
Si yo di alguna voz más de una vez,
fue en defensa febril de mi raíz,
hondamente extremeña a toda luz.
En un mundo más negro que la pez,
no busqué falazmente ser feliz
por no hacer competencia al avestruz.
(1)Este soneto, junto con otros seis, obtuvo
el primer premio en un certamen poético
del barrio de Horta-Guinardó de Barcelona
Etiquetas:
agricultura,
extremeñismo.,
haz,
hoz,
Padre,
raíces,
Trabajo
PASEO SENTIMENTAL POR JARAICEJO
A mi querida tía Carmen Ramos Rubio
He tornado de nuevo este verano,
tal al nido leñoso la cigüeña,
a pasar mis estivas vacaciones
en contacto materno con mi tierra,
al reencuentro efusivo con mi gente,
con mi casa y las cosas que me quedan
en mi pueblo nativo, Jaraicejo,
donde tuvo su cuna mi existencia,
donde siguen muy firmes mis raíces
aferradas con fuerza a su parcela
por los lazos feraces de la sangre,
que se agarran tal verde enredadera.
He venido otra vez este verano,
como fiel golondrina blanquinegra,
a cumplir con un ético mandato
con fervor religioso de promesa,
a embeberme de savias de la encina,
a sacarme la espina de la ausencia
y sedarme su herida con el tiempo
de esta grata visita veraniega.
Una brisa de viejas emociones
me recorre por dentro, por la médula
y despierta dormidas añoranzas
de otros días felices, de otras épocas,
cuando entro en mi pueblo despoblado,
con sus casas y calles tan desiertas,
donde nada se mueve..., sólo el viento
transportando papeles y hojas secas...
Una tarde, de manos del recuerdo,
decidí recorrerme sus callejas
y sus calles calladas, solitarias,
sus rincones, su plaza con su iglesia.
Estos sitios sirvieron de escenario
de mis pasos primeros, de mis tiernas
correrías e ingenuas travesuras
y conservan mis ecos y mis huellas.
De estas calles, rincones y lugares
yo conservo en el alma una leyenda
con fragancias felices de la infancia
que, en mi ausencia, me sirven de anestesia.
Comencé por mi casa el recorrido,
epicentro crucial de mis vivencias,
santuario de mi vida peregrina
y la estrella polar de mi existencia;
dilatada, robusta, hospitalaria...,
una casa de pies hasta cabeza,
con ternuras internas de una madre
y durezas externas en sus piedras,
con dos plantas de pétreas paredes
y su patio y su pozo y sus macetas...,
con el toldo esmeralda de sus parras
y las frescas fragancias de su huerta.
Todo cabe en el seno de esta casa:
los sillones de mimbre de la abuela,
las bordadas labores de mi madre,
de mi padre las férreas herramientas;
como piezas preciadas de un museo,
con esmero protejo de las huellas
polvorientas del tiempo que las viste
de herrumbrosas y pardas vestimentas.
Aquí al lado, se erige el edificio,
tan apuesto y tan sobrio de la escuela
donde fui tan amigo de los libros
e inicié mis amores con las letras
y jugué con peonzas, con bolindres,
con estampas, con chapas de botella,
con pelotas de trapo, con botones
y juguetes de corcho o de madera...
-Agradezco , maestros, vuestro esfuerzo,
vuestro ejemplo de entrega y de paciencia;
me sembrasteis semillas culturales
y me hicisteis mi trizas la pereza-.
Como un río sin aguas, con asfalto,
aquí enfrente, la antigua carretera
es la arteria más amplia y transitada
que recorre la sangre más diversa.
Más allá, es El Calvario, donde tuve
mi pasión... amorosa, la primera,
con corona de espinas amorosas
y primeros pinitos de poeta.
Más al sur, El Ejido, que es mi barrio
y también escenario de las eras
en los meses de mieses, de la trilla
y la brega febril de la cosecha.
La mareas primarias de la hormiga
el humano emulaba en sus tareas
en continuo trasiego hacia las trojes;
sobre bestias o carros, las fanegas.
Qué lecciones de agrarias disciplinas
aprendí desde niño entre durezas
y arañazos de cardos y de abrojos
en las arduas labores veraniegas.
-Siempre estuve a tu lado, padre mío,
a tu sombra querida, tan señera,
para echarte una mano solidaria
que sirviera de alivio a tus faenas-.
Yo regué, con mi sangre y mis sudores,
la reseca epidermis de mi tierra
a manera de rústico bautizo
que, por vida, me ataba a su querencia.
Al frescor de las horas vespertinas,
comenzaba el ardor de las contiendas
de los bélicos juegos infantiles
con fragor de batallas bullangueras...
Ya no se hacen hacinas con los haces,
ni se trillan las mieses en las eras,
ni se entablan batallas infantiles
sobre alfombras de paja volandera.
Ya El Ejido, de estériles hierbajos,
se recubre tal parda vestimenta
que le teje la araña del olvido
por cubrir sus desidias y miserias.
Allí abajo, hacia el sur, el camposanto
con cenceños cipreses centinelas
que vigilan en fila a nuestros muertos,
en su puesto de guardia, siempre alertas.
Aquí tengo enterrado mi pasado,
media vida..., me queda la otra media,
y a mis seres queridos, ¡padres míos!,
cuya imagen mantengo en reverencia.
Esa calle tan larga y empinada,
cuya cuesta nos cuesta recorrerla,
es la Calle Trujillo, que conduce
hacia el centro, la plaza, casi recta.
A su izquierda, se ve Camino Viejo,
con sentido contrario, tan gemela;
por aquélla, suben vida y alegría;
por ésta, va la muerte y la tristeza;
es la calle de último paseo,
que nos dan con el traje de madera,
nuestra casa es el punto de partida
y llegada hasta el nicho como meta...
Un inmenso rectángulo es la plaza,
corazón al que llegan cuatro arterias,
con su rollo de villa como fuente
en el centro, con taza berroqueña.
Primigénita célula del pueblo,
es la zona más noble y solariega,
con su casa obispal, su ayuntamiento,
el castillo y la iglesia gigantesca.
El granito, la piedra y el ladrillo
fraternizan en formas de la iglesia,
de robustas paredes centenarias
que le dan sensación de fortaleza.
Con su cara al poniente, la fachada
principal se presenta tan soberbia
con dos arcos gemelos en su pórtico
que, en rotunda columna, se sustentan.
Ventanales, escudos, hornacinas,
rosetón, balaustradas... la ornamentan
y le aportan un porte portentoso
de una sobria esbeltez y de nobleza.
Al costado derecho, existe un arco,
coronado en su cumbre con almenas,
y una esbelta y secreta galería
comunica la iglesia con viviendas;
son dos altos, robustos pasadizos
que sirvieron de paso y de defensa
de preclaros prelados religiosos
en su etapa de estancias veraniegas.
Esta arcada era puerta principal
y la entrada más bella y más directa
a la plaza, de forma controlada
por vigías en épocas pretéritas.
Con frontón y columnas adosadas,
existió entre los arcos otra puerta,
que se encuentra cerrada a cal y canto
por el “corpore insepulto” de una reina.
A la espalda del templo, hay otra entrada
con frontón y columnas berroqueñas
y los restos ruinosos de un convento
y, más tarde, casona solariega.
Era el templo un poblado microzoo
con palomas, murciélagos, cigüeñas,
con lechuzas, vencejos, golondrinas
y las fúnebres chovas vocingleras.
¡Qué revuelo de aves en bandada,
despegando de aleros y de grietas;
qué alboroto volátil de pitidos
de sus picos, tal cánticos de guerra!
Escuadrillas rasantes de vencejos
de acrobacias tan raudas y guerreras
y, en versátiles vuelos, los murciélagos
de ultrafino radar en sus orejas;
escuadrones siniestros de la muerte
que a sus presas cazaban por sorpresa:
mariposas, moscones y mosquitos,
en cruzadas nocturnas y violentas.
Un ejército de bélicos muchachos,
pertrechados de palos y de piedras
disparaba sus rudos proyectiles
a las fuerzas aéreas, siniestras.
Esta tarde, la plaza está vacía,
sin los niños, sin aves bullangueras;
un silencio mortal, de cementerio,
tal sudario, la cubre de tristeza.
-Una noche de invierno muy oscura,
en la plaza y en fiestas navideñas,
una bella pastora, junto al templo,
aceptó ser mi esposa y compañera...-
Ya me encuentro en la calle más antigua,
la hipotética arteria primigenia,
con sus casas vetustas, seculares,
cuyo nombre es la Calle Talavera..
Una casa de éstas fue la cuna
-la de escudo con águila bicéfala-
de la ilustre beata María Luisa
de Carvajal, poeta y misionera.
Más arriba, se hallaba... el Santo Cristo,
atalaya de fábrica mudéjar,
donde puso sus pies el “Santo Oficio”
para hacer sus faenas tan funestas...
Gigantesco templete de ladrillos,
con sus arcos y su esbelta silueta,
vigilaba los hondos horizontes
sobre el lomo rojizo de La Mesa.
Pero el tiempo fue juez de su pasado
y dictó fatalmente su sentencia:
una pena de muerte tan rotunda
que ni existe señal de su existencia...
Más allá de la plaza, el otro barrio,
la mitad, más o menos, La Ribera,
con callejas angostas y empinadas
por hallarse de un valle en la ladera.
Este barrio ha perdido tanta sangre,
la más joven, fecunda, aventurera,
que los turbios suburbios de las urbes
absorbieron tal viles sanguijuelas.
Sólo ancianas de luto se divisan
en sus calles, sentadas a las puertas,
fabricando sus flores de colores,
de los níveos manteles en la tela.
¡Ay, me duelen tan hondo estas ancianas
solitarias, con negras vestimentas,
que anestesian, bordando esos manteles,
el dolor espinoso de la espera...!
Aquí acabo extenuado el recorrido
de mi pueblo por calles y callejas,
con el alma empapada de emociones,
con raíces más firmes y más frescas.
Otro agosto, he llegado, pueblo mío,
a mi cita filial y veraniega
para estar en tu grata compañía
y escribirte unos versos como ofrenda;
a pasar con tus hijos, mis hermanos,
vacaciones festivas, placenteras,
a regarnos recíprocos recuerdos
y lavarnos del alma las tristezas.
He acudido a encontrar en tu regazo
una paz y una dicha verdaderas
para el alma cansada de distancias,
de sentirse en la ausencia forastera,
a buscar una prenda, la alegría,
que perdí no sé dónde con certeza,
pero debe de estar por los cajones
de un armario, de un cofre, de una mesa...
Y, por ser nuestras Fiestas del Rosario,
he vestido el balcón con la bandera
y he compuesto estos versos con ternura
por sentirme hijo tuyo y tu poeta.
JARAICEJO, AGOSTO, 1997
He tornado de nuevo este verano,
tal al nido leñoso la cigüeña,
a pasar mis estivas vacaciones
en contacto materno con mi tierra,
al reencuentro efusivo con mi gente,
con mi casa y las cosas que me quedan
en mi pueblo nativo, Jaraicejo,
donde tuvo su cuna mi existencia,
donde siguen muy firmes mis raíces
aferradas con fuerza a su parcela
por los lazos feraces de la sangre,
que se agarran tal verde enredadera.
He venido otra vez este verano,
como fiel golondrina blanquinegra,
a cumplir con un ético mandato
con fervor religioso de promesa,
a embeberme de savias de la encina,
a sacarme la espina de la ausencia
y sedarme su herida con el tiempo
de esta grata visita veraniega.
Una brisa de viejas emociones
me recorre por dentro, por la médula
y despierta dormidas añoranzas
de otros días felices, de otras épocas,
cuando entro en mi pueblo despoblado,
con sus casas y calles tan desiertas,
donde nada se mueve..., sólo el viento
transportando papeles y hojas secas...
Una tarde, de manos del recuerdo,
decidí recorrerme sus callejas
y sus calles calladas, solitarias,
sus rincones, su plaza con su iglesia.
Estos sitios sirvieron de escenario
de mis pasos primeros, de mis tiernas
correrías e ingenuas travesuras
y conservan mis ecos y mis huellas.
De estas calles, rincones y lugares
yo conservo en el alma una leyenda
con fragancias felices de la infancia
que, en mi ausencia, me sirven de anestesia.
Comencé por mi casa el recorrido,
epicentro crucial de mis vivencias,
santuario de mi vida peregrina
y la estrella polar de mi existencia;
dilatada, robusta, hospitalaria...,
una casa de pies hasta cabeza,
con ternuras internas de una madre
y durezas externas en sus piedras,
con dos plantas de pétreas paredes
y su patio y su pozo y sus macetas...,
con el toldo esmeralda de sus parras
y las frescas fragancias de su huerta.
Todo cabe en el seno de esta casa:
los sillones de mimbre de la abuela,
las bordadas labores de mi madre,
de mi padre las férreas herramientas;
como piezas preciadas de un museo,
con esmero protejo de las huellas
polvorientas del tiempo que las viste
de herrumbrosas y pardas vestimentas.
Aquí al lado, se erige el edificio,
tan apuesto y tan sobrio de la escuela
donde fui tan amigo de los libros
e inicié mis amores con las letras
y jugué con peonzas, con bolindres,
con estampas, con chapas de botella,
con pelotas de trapo, con botones
y juguetes de corcho o de madera...
-Agradezco , maestros, vuestro esfuerzo,
vuestro ejemplo de entrega y de paciencia;
me sembrasteis semillas culturales
y me hicisteis mi trizas la pereza-.
Como un río sin aguas, con asfalto,
aquí enfrente, la antigua carretera
es la arteria más amplia y transitada
que recorre la sangre más diversa.
Más allá, es El Calvario, donde tuve
mi pasión... amorosa, la primera,
con corona de espinas amorosas
y primeros pinitos de poeta.
Más al sur, El Ejido, que es mi barrio
y también escenario de las eras
en los meses de mieses, de la trilla
y la brega febril de la cosecha.
La mareas primarias de la hormiga
el humano emulaba en sus tareas
en continuo trasiego hacia las trojes;
sobre bestias o carros, las fanegas.
Qué lecciones de agrarias disciplinas
aprendí desde niño entre durezas
y arañazos de cardos y de abrojos
en las arduas labores veraniegas.
-Siempre estuve a tu lado, padre mío,
a tu sombra querida, tan señera,
para echarte una mano solidaria
que sirviera de alivio a tus faenas-.
Yo regué, con mi sangre y mis sudores,
la reseca epidermis de mi tierra
a manera de rústico bautizo
que, por vida, me ataba a su querencia.
Al frescor de las horas vespertinas,
comenzaba el ardor de las contiendas
de los bélicos juegos infantiles
con fragor de batallas bullangueras...
Ya no se hacen hacinas con los haces,
ni se trillan las mieses en las eras,
ni se entablan batallas infantiles
sobre alfombras de paja volandera.
Ya El Ejido, de estériles hierbajos,
se recubre tal parda vestimenta
que le teje la araña del olvido
por cubrir sus desidias y miserias.
Allí abajo, hacia el sur, el camposanto
con cenceños cipreses centinelas
que vigilan en fila a nuestros muertos,
en su puesto de guardia, siempre alertas.
Aquí tengo enterrado mi pasado,
media vida..., me queda la otra media,
y a mis seres queridos, ¡padres míos!,
cuya imagen mantengo en reverencia.
Esa calle tan larga y empinada,
cuya cuesta nos cuesta recorrerla,
es la Calle Trujillo, que conduce
hacia el centro, la plaza, casi recta.
A su izquierda, se ve Camino Viejo,
con sentido contrario, tan gemela;
por aquélla, suben vida y alegría;
por ésta, va la muerte y la tristeza;
es la calle de último paseo,
que nos dan con el traje de madera,
nuestra casa es el punto de partida
y llegada hasta el nicho como meta...
Un inmenso rectángulo es la plaza,
corazón al que llegan cuatro arterias,
con su rollo de villa como fuente
en el centro, con taza berroqueña.
Primigénita célula del pueblo,
es la zona más noble y solariega,
con su casa obispal, su ayuntamiento,
el castillo y la iglesia gigantesca.
El granito, la piedra y el ladrillo
fraternizan en formas de la iglesia,
de robustas paredes centenarias
que le dan sensación de fortaleza.
Con su cara al poniente, la fachada
principal se presenta tan soberbia
con dos arcos gemelos en su pórtico
que, en rotunda columna, se sustentan.
Ventanales, escudos, hornacinas,
rosetón, balaustradas... la ornamentan
y le aportan un porte portentoso
de una sobria esbeltez y de nobleza.
Al costado derecho, existe un arco,
coronado en su cumbre con almenas,
y una esbelta y secreta galería
comunica la iglesia con viviendas;
son dos altos, robustos pasadizos
que sirvieron de paso y de defensa
de preclaros prelados religiosos
en su etapa de estancias veraniegas.
Esta arcada era puerta principal
y la entrada más bella y más directa
a la plaza, de forma controlada
por vigías en épocas pretéritas.
Con frontón y columnas adosadas,
existió entre los arcos otra puerta,
que se encuentra cerrada a cal y canto
por el “corpore insepulto” de una reina.
A la espalda del templo, hay otra entrada
con frontón y columnas berroqueñas
y los restos ruinosos de un convento
y, más tarde, casona solariega.
Era el templo un poblado microzoo
con palomas, murciélagos, cigüeñas,
con lechuzas, vencejos, golondrinas
y las fúnebres chovas vocingleras.
¡Qué revuelo de aves en bandada,
despegando de aleros y de grietas;
qué alboroto volátil de pitidos
de sus picos, tal cánticos de guerra!
Escuadrillas rasantes de vencejos
de acrobacias tan raudas y guerreras
y, en versátiles vuelos, los murciélagos
de ultrafino radar en sus orejas;
escuadrones siniestros de la muerte
que a sus presas cazaban por sorpresa:
mariposas, moscones y mosquitos,
en cruzadas nocturnas y violentas.
Un ejército de bélicos muchachos,
pertrechados de palos y de piedras
disparaba sus rudos proyectiles
a las fuerzas aéreas, siniestras.
Esta tarde, la plaza está vacía,
sin los niños, sin aves bullangueras;
un silencio mortal, de cementerio,
tal sudario, la cubre de tristeza.
-Una noche de invierno muy oscura,
en la plaza y en fiestas navideñas,
una bella pastora, junto al templo,
aceptó ser mi esposa y compañera...-
Ya me encuentro en la calle más antigua,
la hipotética arteria primigenia,
con sus casas vetustas, seculares,
cuyo nombre es la Calle Talavera..
Una casa de éstas fue la cuna
-la de escudo con águila bicéfala-
de la ilustre beata María Luisa
de Carvajal, poeta y misionera.
Más arriba, se hallaba... el Santo Cristo,
atalaya de fábrica mudéjar,
donde puso sus pies el “Santo Oficio”
para hacer sus faenas tan funestas...
Gigantesco templete de ladrillos,
con sus arcos y su esbelta silueta,
vigilaba los hondos horizontes
sobre el lomo rojizo de La Mesa.
Pero el tiempo fue juez de su pasado
y dictó fatalmente su sentencia:
una pena de muerte tan rotunda
que ni existe señal de su existencia...
Más allá de la plaza, el otro barrio,
la mitad, más o menos, La Ribera,
con callejas angostas y empinadas
por hallarse de un valle en la ladera.
Este barrio ha perdido tanta sangre,
la más joven, fecunda, aventurera,
que los turbios suburbios de las urbes
absorbieron tal viles sanguijuelas.
Sólo ancianas de luto se divisan
en sus calles, sentadas a las puertas,
fabricando sus flores de colores,
de los níveos manteles en la tela.
¡Ay, me duelen tan hondo estas ancianas
solitarias, con negras vestimentas,
que anestesian, bordando esos manteles,
el dolor espinoso de la espera...!
Aquí acabo extenuado el recorrido
de mi pueblo por calles y callejas,
con el alma empapada de emociones,
con raíces más firmes y más frescas.
Otro agosto, he llegado, pueblo mío,
a mi cita filial y veraniega
para estar en tu grata compañía
y escribirte unos versos como ofrenda;
a pasar con tus hijos, mis hermanos,
vacaciones festivas, placenteras,
a regarnos recíprocos recuerdos
y lavarnos del alma las tristezas.
He acudido a encontrar en tu regazo
una paz y una dicha verdaderas
para el alma cansada de distancias,
de sentirse en la ausencia forastera,
a buscar una prenda, la alegría,
que perdí no sé dónde con certeza,
pero debe de estar por los cajones
de un armario, de un cofre, de una mesa...
Y, por ser nuestras Fiestas del Rosario,
he vestido el balcón con la bandera
y he compuesto estos versos con ternura
por sentirme hijo tuyo y tu poeta.
JARAICEJO, AGOSTO, 1997
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