A Gabi Blázquez, paisano y amigo,
por su defensa de lo extremeño en
su "Restaurante Extremadura" de Madrid.
Posada sobre el nido estrafalario
que corona de forma tan cristiana
el vetusto y rojizo campanario
con figura galana
y su aspecto elegante y legendario
se perfila la talluda silueta
de la esbelta cigüeña,
animada veleta
con su traje festivo, de etiqueta.
Un gótico pináculo
semeja sostenida en una pata,
haciendo de equilibrio un espectáculo;
con su pico hiperbólico, escarlata
por arma siempre en ristre, amenazante,
parece un centinela
sobre altiva atalaya vigilante
que, impávido y constante, siempre vela.
Otras veces, con rabia se rebela
y crotora y tritura su tristeza
con su pico cortante y estridente,
agitando su cuello y su cabeza
en un rito furioso porque siente
tanto injusto abandono en el ambiente,
tanta sangrante ausencia
que reclaman remedio con urgencia...
¡Testigo es de excepción desde su altura
del dolor secular de Extremadura!
En la nube leñosa de su nido,
que cubre la espadaña de la iglesia,
apartada del ruido,
de memorias amargas se anestesia
con sedantes caricias de la brisa
y la azul lontananza que divisa...
De una forma infalible, cada año,
con fuerte y firme empeño
y, a pesar de su amargo desengaño
de emigrante, por fiel extremeñismo,
da al adusto extremeño
su lección magistral de patriotismo.
Con tan sólo una bagaje
de recuerdos añejos, de añoranzas,
desde el gran acutiverio,
en piadoso y febril peregrinaje,
emprende un maratónico viaje
por regar sus raíces y esperanzas,
de continente cambia y de hemisferio.
Dolorida de ausencias,
de silencios, distancias, soledades...,
como un perro sin amo,
de su tierra natal a las querencias
torna al tibio reclamo,
a sus viejas vivencias y amistades.
tal foránea la miran, tal extraña,
porque olvidan que aquí tuvo su cuna,
en un plácido rincón de nuestra España,
en tierra de encinares,
mas su adversa fortuna
a emigrar la forzó hacia otros lares.
En la ingrata distancia,
aprendió a ser prudente, fiel, honesta
y, sin vana arrogancia,
el bullicio desprecia y cualquier fiesta
y tanta es su conciencia y su porfía
que ha perdido su canto y su alegría...
A pesar de su aspecto tan grotesco,
de su forma zancuda, estrafalaria,
de su estoico mutismo,
por sentir quijotesco,
se siente del que sufre solidaria
y el ajeno dolor es suyo mismo.
Del parco campesino compañera,
su fiel benefactora,
de alimañas inmundas, venenosas,
le limpia de los ríos la ribera,
las charcas y lagunas cenagosas
con su pico de espada vengadora.
Cuando el pardo barbecho
rotura el labrador en la solana,
le sigue a corto trecho
y se ofrecen recíproco servicio:
la limpieza de toda vida insana
a cambio de un salario alimenticio...
Cuando eleva su vuelo
a buscar de su prole el alimento,
más que volar navega
por el plácido oacéano del cielo
con su suave y pausado movimiento
si sus alas imensas las despliega.
Por el suelo, camina tan erguida
que parece que avance de puntillas
con zancada hiperlarga, a su medida
y humilde suavidad de zapatillas.
En las tardes de estío tan tediosas,
bajo cielos preñados de tormentas,
con sus nubes grisáceas, bulliciosas
y ráfagas de viento turbulentas,
la he visto soportar los latigazos
del líquido elemento,
del trueno estrepitoso los trallazos
con que el rayo subraya en son violento
su firmeza de guerra al firmamento.
Con postura materna, protectora
y aliabierta protege a sus polluelos
de la terca batalla atronadora
que se libra en el campo de los cielos;
con plumoso paraguas,
a sus hijos protege de las aguas...
Hay gente como tú, noble cigüeña,
que aquí tuvo su nido
y, por fortuna adversa,
su vuelo levantó y, ya sin señas,
en otras tierras vive en el olvido,
sin raíces, dispersa,
en su ausencia empapada por las penas
y sin savia natal ya por sus venas...
Simbolizas, cigüeña migratoria,
al extremeño errante
por tu impar trayectoria,
por tu vida ejemplar, itinerante
y tu heroico coraje...
Mi corazón, borracho de ternura,
te dedica este lírico homenaje
por ser símbolo fiel de Extremadura.
(1) Este poema obtuvo el primer premio en el certamen nacional “José de Espronceda”, patrocinado por la FAEC, en el año 1995.
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sábado, 2 de mayo de 2009
A LA CIGÜEÑA EXTREMEÑA (1)
Etiquetas:
Ambiente,
Barbecho,
Brisa,
Campanario,
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Peregrinaje,
Viaje
sábado, 21 de marzo de 2009
PANEGÍRICO A EXTREMADURA (1)
A mi estimada amiga Tatiana Sánchez,
por su amistad y nuestro extremeñismo.
Yo nací en esta tierra de encinares
más “extrema” que otras y más “dura”,
donde tornan las aves migratorias:
las cigüeñas, las tórtolas, las grullas...
Donde jaras, tomillos y romeros
y cantuesos y encinas bien copudas
y retamas y rudos alcornoques
se reparten fraternos las llanuras.
Dos provincias hermanas tan hermosas,
tan gemelas conforman su estructura
al costado de España, su madrastra,
que las trata de forma tan injusta...
Dos fluviales arterias caudalosas,
la del Tajo y del Guadiana la cruzan
y una líquida red de intermediarios
a sus cauces acuáticos tributan.
Apresadas en presas sus corrientes
en pantanos, en lagos y en lagunas
servirán como hidráulicas reservas
para hacer del secano tierras húmedas.
Superficies sedientas de barbecho
fraternizan con tierras de frescura,
donde el surco es la vena irrigadora
de esa sangre incolora tan fecunda.
Tremulantes trigales y viñedos
generosos en sangre de sus uvas
y olivares grisáceos y cerezos,
que florecen en copos de blancura.
Qué cuadradas planicies de frutales
con la grávida carga de su fruta
de zumosos dulzores deleitosos
en la carne jugosa de su pulpa.
Qué melosos melones, qué sandías
en rojizos derroches de dulzura,
ruborosos tomates y pimientos
y espárragos de fálica tersura.
Qué parcelas de fieles girasoles
que soportan del sol la dictadura
y de erectos maizales que frutecen
amarillas mazorcas melenudas.
Un profundo horizonte de dehesas
a lo lejos se pierde... en las alturas
de las sierras fragosas y escarpadas
donde el ave rapaz tiene su cuna.
Los halcones, las águilas, los buitres...,
con sus graves graznidos se saludan
y vigilan con ojos avizores
a sus presas, que pueblan la espesura.
Los plomizos conejos saltarines
y las tórtolas tristes que se arrullan
y los patos patosos del pantano
y las raudas palomas errabundas.
Los veloces venados fugitivos,
jabalíes de corvas dentaduras
y las pardas perdices volanderas
y las liebres medrosas y orejudas.
Son las dianas vivientes y movibles
siempre en punto de mira ... de una oscura
y primaria pasión, la de la caza,
que condena su vida a la tortura.
Laboriosas abejas en enjambre
elaboran con néctar la dulzura
de la miel ambarina y rubia cera
y del polen las bolas diminutas.
Nebulosos rebaños cabizabajos
forman nubes en cielo de verdura
y manadas de vacas y de cabras
y de cerdos piaras vagabundas.
Qué copiosos manjares de productos
con sabrosos sabores se conjugan
en jamones, en lomos, en chorizos...
con sus formas groseras, rubicundas...
Y la líquida leche de sus ubres
en los sólidos quesos se transmuta,
emulando en sus tonos a la nieve
y en sus formas redondas a la Luna.
Qué profundos y puros nuestros cielos
con su azul tan intenso, sin la espuma
de las nubes ingrávidas y amorfas
que mancille su límpida hermosura.
Y esos días de estío que se estiran,
dilatados a gran temperatura
sobre campos de pastos y rastrojos
y cigarras vibrantes de locura.
Se detiene la vida en tiempo muerto
cuando el sol suda fuego y nos abruma
al sopor ardoroso de la siesta
y se busca el frescor en la penumbra.
Son las tardes ardientes y morosas;
se retiran con paso de tortuga
con su sol de arreboles purpurinos
que termina fogoso su andadura.
Un concierto de ranas y de grillos
ameniza las noches con su música
a lo largo del tórrido verano
bajo el foco potente de la Luna.
Yo nací donde el paso de los siglos
ha marcado sus huellas más rotundas
en la ruda dureza de las piedras
convertidas en arte, en floritura.
En castillos, palacios, catedrales,
acueductos, teatros... se conjuntan
para darles nobleza a sus ciudades
y un gran rango de artística estatura.
Badajoz, Trujillo, Cáceres, Mérida,
Guadalupe, Plasencia... y otras muchas
son ciudades que pueblan mis recuerdos
y las llevo en el alma a todas juntas.
Son vestigios gloriosos de su historia,
elocuentes testigos que se burlan
de las sombras voraces del olvido
porque fueron escritos con mayúsculas.
Con la sangre -por tinta- de extremeños,
en su fiebre rabiosa de aventuras,
se han escrito las páginas más bellas
de heroísmo, de entrega y de bravura.
Con los brazos más recios de esta raza,
se han forjado las gestas más augustas,
ensanchando la fama y las fronteras
más allá de aquel fin, el “non plus ultra”.
Una raza cargada de razones,
con su cuerpo de acero y cera pura
en sus tiernas entrañas mancilladas
con el negro betún de la amargura.
Son mis gentes sencillas, laboriosas,
resignadas, austeras, corajudas,
conformistas, honestas, desunidas,
cada cual por su lado va a las suyas.
Por perezas mentales, por olvidos,
culturales carencias y penurias,
dan la espalda a tareas colectivas
y se escudan en cómodas renuncias.
Qué orgulloso yo estoy de mis raíces,
arraigadas, robustas y profundas,
tal las recias raíces de su encina
cuya savia en mis venas me circula.
Qué sencilla arrogancia de extremeño
de mi piel por los poros me rezuma
por amor hiperbólico a mi tierra,
mi epicentro de vida y de ternura.
En las noches oscuras de la ausencia,
cuando el alma, ya sola, se desnuda
de los vanos trajines cotidianos
y me clavan sus garras las angustias,
su recuerdo es la Luna luminosa
que en mis noches tan lúgubres me alumbra
y es sedante anestesia que suaviza
mi angustioso dolor y me vacuna.
¡Yo nací en esta tierra de encinares
y me siento orgulloso de mi cuna
y, con cuerpo y con alma a su servicio,
lucharé con la espada de mi pluma!...
(1) Este poema consiguió el Primer Premio en el certamen nacional “José de Espronceda” de Barcelona, en 1994, patrocinado por la FAEC.
por su amistad y nuestro extremeñismo.
Yo nací en esta tierra de encinares
más “extrema” que otras y más “dura”,
donde tornan las aves migratorias:
las cigüeñas, las tórtolas, las grullas...
Donde jaras, tomillos y romeros
y cantuesos y encinas bien copudas
y retamas y rudos alcornoques
se reparten fraternos las llanuras.
Dos provincias hermanas tan hermosas,
tan gemelas conforman su estructura
al costado de España, su madrastra,
que las trata de forma tan injusta...
Dos fluviales arterias caudalosas,
la del Tajo y del Guadiana la cruzan
y una líquida red de intermediarios
a sus cauces acuáticos tributan.
Apresadas en presas sus corrientes
en pantanos, en lagos y en lagunas
servirán como hidráulicas reservas
para hacer del secano tierras húmedas.
Superficies sedientas de barbecho
fraternizan con tierras de frescura,
donde el surco es la vena irrigadora
de esa sangre incolora tan fecunda.
Tremulantes trigales y viñedos
generosos en sangre de sus uvas
y olivares grisáceos y cerezos,
que florecen en copos de blancura.
Qué cuadradas planicies de frutales
con la grávida carga de su fruta
de zumosos dulzores deleitosos
en la carne jugosa de su pulpa.
Qué melosos melones, qué sandías
en rojizos derroches de dulzura,
ruborosos tomates y pimientos
y espárragos de fálica tersura.
Qué parcelas de fieles girasoles
que soportan del sol la dictadura
y de erectos maizales que frutecen
amarillas mazorcas melenudas.
Un profundo horizonte de dehesas
a lo lejos se pierde... en las alturas
de las sierras fragosas y escarpadas
donde el ave rapaz tiene su cuna.
Los halcones, las águilas, los buitres...,
con sus graves graznidos se saludan
y vigilan con ojos avizores
a sus presas, que pueblan la espesura.
Los plomizos conejos saltarines
y las tórtolas tristes que se arrullan
y los patos patosos del pantano
y las raudas palomas errabundas.
Los veloces venados fugitivos,
jabalíes de corvas dentaduras
y las pardas perdices volanderas
y las liebres medrosas y orejudas.
Son las dianas vivientes y movibles
siempre en punto de mira ... de una oscura
y primaria pasión, la de la caza,
que condena su vida a la tortura.
Laboriosas abejas en enjambre
elaboran con néctar la dulzura
de la miel ambarina y rubia cera
y del polen las bolas diminutas.
Nebulosos rebaños cabizabajos
forman nubes en cielo de verdura
y manadas de vacas y de cabras
y de cerdos piaras vagabundas.
Qué copiosos manjares de productos
con sabrosos sabores se conjugan
en jamones, en lomos, en chorizos...
con sus formas groseras, rubicundas...
Y la líquida leche de sus ubres
en los sólidos quesos se transmuta,
emulando en sus tonos a la nieve
y en sus formas redondas a la Luna.
Qué profundos y puros nuestros cielos
con su azul tan intenso, sin la espuma
de las nubes ingrávidas y amorfas
que mancille su límpida hermosura.
Y esos días de estío que se estiran,
dilatados a gran temperatura
sobre campos de pastos y rastrojos
y cigarras vibrantes de locura.
Se detiene la vida en tiempo muerto
cuando el sol suda fuego y nos abruma
al sopor ardoroso de la siesta
y se busca el frescor en la penumbra.
Son las tardes ardientes y morosas;
se retiran con paso de tortuga
con su sol de arreboles purpurinos
que termina fogoso su andadura.
Un concierto de ranas y de grillos
ameniza las noches con su música
a lo largo del tórrido verano
bajo el foco potente de la Luna.
Yo nací donde el paso de los siglos
ha marcado sus huellas más rotundas
en la ruda dureza de las piedras
convertidas en arte, en floritura.
En castillos, palacios, catedrales,
acueductos, teatros... se conjuntan
para darles nobleza a sus ciudades
y un gran rango de artística estatura.
Badajoz, Trujillo, Cáceres, Mérida,
Guadalupe, Plasencia... y otras muchas
son ciudades que pueblan mis recuerdos
y las llevo en el alma a todas juntas.
Son vestigios gloriosos de su historia,
elocuentes testigos que se burlan
de las sombras voraces del olvido
porque fueron escritos con mayúsculas.
Con la sangre -por tinta- de extremeños,
en su fiebre rabiosa de aventuras,
se han escrito las páginas más bellas
de heroísmo, de entrega y de bravura.
Con los brazos más recios de esta raza,
se han forjado las gestas más augustas,
ensanchando la fama y las fronteras
más allá de aquel fin, el “non plus ultra”.
Una raza cargada de razones,
con su cuerpo de acero y cera pura
en sus tiernas entrañas mancilladas
con el negro betún de la amargura.
Son mis gentes sencillas, laboriosas,
resignadas, austeras, corajudas,
conformistas, honestas, desunidas,
cada cual por su lado va a las suyas.
Por perezas mentales, por olvidos,
culturales carencias y penurias,
dan la espalda a tareas colectivas
y se escudan en cómodas renuncias.
Qué orgulloso yo estoy de mis raíces,
arraigadas, robustas y profundas,
tal las recias raíces de su encina
cuya savia en mis venas me circula.
Qué sencilla arrogancia de extremeño
de mi piel por los poros me rezuma
por amor hiperbólico a mi tierra,
mi epicentro de vida y de ternura.
En las noches oscuras de la ausencia,
cuando el alma, ya sola, se desnuda
de los vanos trajines cotidianos
y me clavan sus garras las angustias,
su recuerdo es la Luna luminosa
que en mis noches tan lúgubres me alumbra
y es sedante anestesia que suaviza
mi angustioso dolor y me vacuna.
¡Yo nací en esta tierra de encinares
y me siento orgulloso de mi cuna
y, con cuerpo y con alma a su servicio,
lucharé con la espada de mi pluma!...
(1) Este poema consiguió el Primer Premio en el certamen nacional “José de Espronceda” de Barcelona, en 1994, patrocinado por la FAEC.
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