Por ser sembrador de versos
en parcelas del papel,
mis adversarios perversos
dicen que soy un luzbel,
que traiciono tradiciones
al salirme de riel,
del raíl de sus razones
a las que nunca fui fiel;
que desprecio al pueblo llano
- aunque soy un hijo de él –
y no le tiendo una mano
para subir su nivel;
que yo apático me aparto
a cultivar mi vergel
y nunca con él comparto
mi poético pastel;
que yo a las nubes me elevo,
a mi torre de Babel,
sin pagar lo que le debo
a mi pueblo en arancel.
Porque rechazo el redil
del rebañego tropel
con un sentimiento hostil
a tanto vano oropel
y convivo y no combebo
tanto mal vino a granel
y mi vida sobrellevo
sin vocación de tonel;
porque doy más que recibo
y hacia mí se inclina el fiel
de la balanza y escribo
con amor a flor de piel,
me critican los cretinos
con un criterio cruel:
vituperios viperinos
de sierpes de cascabel…
Me siguen y me persiguen
tal a la liebre el lebrel,
mas cazarme no consiguen
porque estoy a otro nivel;
los canallescos caínes
me convierten en su abel
y, tal rabiosos mastines,
quieren a tiras mi piel.
Me lanza el torpe torpedos
como coces un corcel
y el más burdo borda enredos
porque tenga un mal cartel;
el más injusto sin juicio
dicta guerra sin cuartel
por lanzarme al precipicio
o colgarme de un cordel.
¡Cuánta infamia por mi fama
- abejorreos de burdel –
con amargor de retama
donde yo esperaba miel;
pero su inquina, su encono,
su envidia de amarga hiel,
los aprovecho de abono
para abonar mi plantel.
Nada os debo, nada espero
ni simple flor de papel
y un vital sentido austero
me impide esperar laurel.
¡Por ser sembrador de versos
en mi lírico vergel,
así caínes perversos
pagan…, pegan a este abel!