A finales de octubre y principios de otoño,
en un pueblo extremeño, yo inicié el primer llanto;
campesina familia con tan sólo un retoño
que creció con ternura, con esmero y encanto.
Aprendí desde niño por los pardos rastrojos
la lección de entereza de la agria agricultura
con dura disciplina de cardos y de abrojos
e inviernos y veranos de extrema dictadura.
Por paterno deseo, me pasé a otro cultivo,
la cultura de espíritu que nos lleva hacia arriba,
no por vana arrogancia ni estéril atractivo,
por docentes fervores e inquietud creativa.
El amor, viento loco, me arrancó de mi tierra
en mis años mociles hacia sitios extraños;
fue tan hondo el desgarro que su herida no cierra
y rezuma añoranzas, angustias, desengaños...
Después de soledades, de ausencias, de zozobras,
de sudores mentales y de esfuerzos prolijos,
mi cosecha es tan parca que son mis pobres obras
unos cuantos de árboles, tres libros y dos hijos.
Yo planté algunos árboles en mi pueblo en consuelo
de sentir más arraigo con sus hondas raíces,
por transplante de plantas de mis pies a otro suelo
cuyo extraño contacto las hacía infelices.
Y sembré en mis tres libros mis más caros recuerdos,
sin afanes de fama, de infecunda arrogancia;
sólo quise apartarlos de garras y de muerdos
del lobo del olvido, que acechaba a distancia.
Unos ojos muy claros y un pelo muy negro
en mi entraña prendieron el impulso paterno;
nuestro férvido amor tuvo sed de futuro
y dos frutos filiales nos dio el seno materno.
En mi tierra adoptiva, trabajo en la docencia,
con una vida austera, sin fiestas y sin fastos;
por un sentido ético, desprecio la apariencia
y, con sal del salario, me sufrago mis gastos.
Por honrado, por noble, por ser un bien nacido,
que sabe dar las gracias a quien le dio su mano,
a la fiel Cataluña me siento agradecido
y a cada hijo de ella lo miro como hermano.
Mas la ingrata distancia me aparta de mi gente,
tal un desierto inhóspito de estériles arenas,
me aleja de mi tierra, me agosta la corriente
de la savia de encina que corre por mis venas.
Con continuas visitas, me sedo las heridas;
con cultivo de versos, mis raíces me riego;
se me gastan las manos de tantas despedidas;
de tanto escribir versos, me estoy quedando ciego.
Me siento insatisfecho de mi escasa cosecha
y, por ello, prosigo mi trabajo a destajo,
con amor, con entrega, sin horario, sin fecha,
porque pasan los años...y no existe un atajo.
Procuro en mi trabajo pagar lo que recibo,
en un justo equilibrio de fiel de la balanza,
mas doy una propina... los versos que os escribo,
de forma generosa, sin cargo ni fianza.
Nada espero de nadie; ni me deben ni debo;
por hombre de provecho, cumplí con mis deberes;
me siento bien pagado con la vida que llevo
y el placer de ser útil a millares de seres.
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sábado, 7 de agosto de 2010
MI PARCA COSECHA
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agricultores,
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paternidad
domingo, 6 de diciembre de 2009
OBRAS SON AMORES
Menos razones, hermanos,
las obras son las que pesan
en la sensible balanza
de las humanas conciencias.
¡Palabras no! Son del viento
y, por suyas, se las lleva
tal hojas que , de la rama,
de un árbol caen, se secan
y el viento, que es barrendero,
cumple muy fiel su tarea:
las barre con sumo esmero
y en olvido las entierra.
Hermanos, no las palabras,
son los hechos los que cuentan
porque el honor de los hombres
en sus obras se cimenta.
Nuestra sociedad precisa
más manos y menos lenguas
para que el tren del progreso
avance sobre sus ruedas;
necesita combustible:
de nuestros brazos las fuerzas,
ideas de nuestra mente
y sangre de nuestras venas.
Manga por hombro está el mundo,
batiburrillo, una feria
de feriantes sin escrúpulos
peritos en corruptelas,
fraudes, apaños, chantajes,
deshonor y desvergüenza...
Nos sube hasta la barbilla
una marea de miseria
moral que nos encenaga
y nos ciega la conciencia.
La vida baja tan turbia,
tan falta de transparencias
que, así por río revuelto,
ganancias para el que pesca.
Nos venden bisutería
por joyas de gran pureza
y los vicios, por virtudes
y, por alegrías, las penas.
Todo se vende..., hasta el alma
tienen algunos de oferta,
Judas y Faustos modernos,
por unas cuantas monedas.
El hombre ya desalmado
pierde persona, se amengua,
gana en impulsos primarios
a las más feroces fieras;
Caín cruento que mata
por matar y elige presa
entre sus propios congéneres
con sed de sangre fraterna.
Cotiza a buen precio el vicio
para amenizar las fiestas,
multiplicar los placeres
y anestesiarse las penas.
Sin valor, ya los valores
eternos, ya sin vigencia:
virtud, honradez, cultura,
amor, trabajo, nobleza...
Por ser valores morales,
no son visibles ni rentan
monetarios intereses,
ni prestigio ni apariencia...
En su lugar, se entroniza
y se adora la materia
con sus seductores brillos
y prolíficas facetas:
dinero, lujo, aparatos...,
los abortos de la técnica,
programados por las marcas
y el mercado nos oferta
a plazo, en altas rebajas,
que nuestra vida hipotecan.
Así no es libre, es esclavo
el hombre, una marioneta,
que, con invisibles hilos,
manejan manos expertas.
Más hechos, menos palabras;
los actos son los que expresan
el micromundo del hombre
con más rotunda elocuencia.
Más vale una sola obra
que mil palabras... si intentas
dar razón de tu valía
cuando presentes tus cuentas...
Lo demás, abejorreo
bullanguero de taberna,
paja sin grano, hojarasca,
humo sin llama que lleva
el viento gris del olvido
sin dejar rastro siquiera..
Tanta vida improductiva,
tanta estéril verborrea
sin justificarse en frutos,
trabajos, obras, ideas...
Mala hierba, avena loca
que absorbe la savia ajena
y crece entre las espigas
del trigal tan tallitiesa,
tan arrogante, tan vana,
tan inútil y altanera
que al campesino entristece
y le ensucia su cosecha.
Tanto infecundo abejorro
tal zángano de colmena
que va libando las mieles
de la vida, sin conciencia
de que esa miel es producto
de laboriosas abejas
en su trabajo de enjambre
de su sociedad perfecta.
Callad y arrimad el hombro
cada cual en su tarea,
hormigamente entregando
su humilde grano de arena.
Trabajad porque el trabajo
fuente es de dicha y riqueza
que ennoblece y justifica
nuestra efímera existencia.
Vemos que nos vamos raudos
tal meteorito o estrella
fugaz en un firmamento
de tinta china, muy negra.
Serán testigos las obras
de nuestra estancia en la Tierra
porque, al fin, todo se paga
cuando se nos pidan cuentas...
Wenceslao Mohedas Ramos
Jaraicejo (Cáceres)
las obras son las que pesan
en la sensible balanza
de las humanas conciencias.
¡Palabras no! Son del viento
y, por suyas, se las lleva
tal hojas que , de la rama,
de un árbol caen, se secan
y el viento, que es barrendero,
cumple muy fiel su tarea:
las barre con sumo esmero
y en olvido las entierra.
Hermanos, no las palabras,
son los hechos los que cuentan
porque el honor de los hombres
en sus obras se cimenta.
Nuestra sociedad precisa
más manos y menos lenguas
para que el tren del progreso
avance sobre sus ruedas;
necesita combustible:
de nuestros brazos las fuerzas,
ideas de nuestra mente
y sangre de nuestras venas.
Manga por hombro está el mundo,
batiburrillo, una feria
de feriantes sin escrúpulos
peritos en corruptelas,
fraudes, apaños, chantajes,
deshonor y desvergüenza...
Nos sube hasta la barbilla
una marea de miseria
moral que nos encenaga
y nos ciega la conciencia.
La vida baja tan turbia,
tan falta de transparencias
que, así por río revuelto,
ganancias para el que pesca.
Nos venden bisutería
por joyas de gran pureza
y los vicios, por virtudes
y, por alegrías, las penas.
Todo se vende..., hasta el alma
tienen algunos de oferta,
Judas y Faustos modernos,
por unas cuantas monedas.
El hombre ya desalmado
pierde persona, se amengua,
gana en impulsos primarios
a las más feroces fieras;
Caín cruento que mata
por matar y elige presa
entre sus propios congéneres
con sed de sangre fraterna.
Cotiza a buen precio el vicio
para amenizar las fiestas,
multiplicar los placeres
y anestesiarse las penas.
Sin valor, ya los valores
eternos, ya sin vigencia:
virtud, honradez, cultura,
amor, trabajo, nobleza...
Por ser valores morales,
no son visibles ni rentan
monetarios intereses,
ni prestigio ni apariencia...
En su lugar, se entroniza
y se adora la materia
con sus seductores brillos
y prolíficas facetas:
dinero, lujo, aparatos...,
los abortos de la técnica,
programados por las marcas
y el mercado nos oferta
a plazo, en altas rebajas,
que nuestra vida hipotecan.
Así no es libre, es esclavo
el hombre, una marioneta,
que, con invisibles hilos,
manejan manos expertas.
Más hechos, menos palabras;
los actos son los que expresan
el micromundo del hombre
con más rotunda elocuencia.
Más vale una sola obra
que mil palabras... si intentas
dar razón de tu valía
cuando presentes tus cuentas...
Lo demás, abejorreo
bullanguero de taberna,
paja sin grano, hojarasca,
humo sin llama que lleva
el viento gris del olvido
sin dejar rastro siquiera..
Tanta vida improductiva,
tanta estéril verborrea
sin justificarse en frutos,
trabajos, obras, ideas...
Mala hierba, avena loca
que absorbe la savia ajena
y crece entre las espigas
del trigal tan tallitiesa,
tan arrogante, tan vana,
tan inútil y altanera
que al campesino entristece
y le ensucia su cosecha.
Tanto infecundo abejorro
tal zángano de colmena
que va libando las mieles
de la vida, sin conciencia
de que esa miel es producto
de laboriosas abejas
en su trabajo de enjambre
de su sociedad perfecta.
Callad y arrimad el hombro
cada cual en su tarea,
hormigamente entregando
su humilde grano de arena.
Trabajad porque el trabajo
fuente es de dicha y riqueza
que ennoblece y justifica
nuestra efímera existencia.
Vemos que nos vamos raudos
tal meteorito o estrella
fugaz en un firmamento
de tinta china, muy negra.
Serán testigos las obras
de nuestra estancia en la Tierra
porque, al fin, todo se paga
cuando se nos pidan cuentas...
Wenceslao Mohedas Ramos
Jaraicejo (Cáceres)
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